Capítulo XVII — Una página
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Una página
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CAPÍTULO XVII — Una página — FINAL V1 El sábado llegó sin épica. Llegó con una humedad baja sobre Nébora, con panaderos descargando cajas antes de que las calles aceptaran del todo el día, con una vecina de Mara que discutía con un paraguas roto en el portal y con Nix declarando, desde el alféizar de la cocina, que la lluvia tenía “una falta de imaginación meteorológica ofensiva incluso para una ciudad con pretensiones de misterio”. Samuel Kron no respondió. Tenía el cuaderno azul dentro de la mochila. No al fondo, donde habría podido fingir que lo había traído por accidente. Tampoco encima de todo, como una acusación. Lo había colocado entre una camisa limpia y el papel de envolver pan donde seguía escrita la promesa de las seis, ya cumplida. Esa posición intermedia le parecía razonable y cobarde al mismo tiempo, lo cual probablemente era una descripción bastante exacta de su estado interior. No quería llevar el cuaderno en la cara. Ese había sido el acuerdo, aunque nadie lo hubiera formulado así. Su madre lo había dicho por teléfono con esa precisión doméstica que no necesitaba parecer sabia para acertar: —Si vienes mañana, vendrás con el cuaderno en la cara aunque lo lleves en la mochila. El sábado no era mañana. El sábado era el sábado. Una diferencia pequeña, pero algunas promesas solo sobreviven si uno respeta sus ridículas medidas. Mara estaba preparando café con leche en una cafetera abollada que, según ella, funcionaba mejor si no se la miraba con expectativas burguesas. Lía permanecía sentada a la mesa, escribiendo en su cuaderno verde. El sobre de Iria seguía cerrado dentro de su bolso. No lo había abierto. La…
La puerta ya está entreabierta.
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