Capítulo XVIII — El minuto que no avanza
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El minuto que no avanza
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CAPÍTULO XVIII — El minuto que no avanza — FINAL V1 El reloj no estaba roto. Al menos, no de la manera cómoda en que se rompen los relojes. Un reloj roto se detiene, se acepta, se lleva a reparar o se deja morir en una pared con la misma dignidad discreta con que las casas aprenden a convivir con grietas, humedades y promesas que nadie ha tenido valor de retirar. El reloj de Mara Arven, en cambio, había elegido una forma más irritante de insubordinación: permanecía detenido a las tres y dieciséis, pero no dejaba de hacer clics. Clics internos. Clics mínimos. Clics sin consecuencias visibles. Como si dentro de aquella caja redonda, detrás del cristal amarillento y de las agujas antiguas, algo siguiera ensayando el minuto siguiente sin atreverse a concedérselo al mundo. Samuel Kron lo miraba desde la mesa de la cocina. No quería mirarlo. Eso no impidió que lo mirara. La casa de Mara estaba en calma, pero no en paz. Había pan sobre la tabla, una olla de sopa tapada en el fuego apagado, platos secándose junto al fregadero, una manta doblada sobre el respaldo de una silla y el olor húmedo de Nébora entrando por la rendija de una ventana que cerraba mal. La tarde había caído despacio después de su regreso de casa de su madre, y la noche se había instalado sin dramatismo, como si no supiera que todos en aquella cocina estaban aguardando algo que nadie sabía nombrar sin estropearlo. El cuaderno azul estaba dentro de la mochila de Samuel. Cerrado. No al fondo. No encima. En medio. El sobre de Iria estaba dentro del bolso de Lía. Cerrado. La marca…
La puerta ya está entreabierta.
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