Capítulo XIV — La voz que todavía puede contestar
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La voz que todavía puede contestar
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CAPÍTULO XIV — La voz que todavía puede contestar — VERSIÓN CORREGIDA SAMUEL KRON Samuel despertó con la impresión de haber sido doblado por alguien que no conocía la anatomía humana. La butaca de Mara Arven había resultado ser un objeto honrado, pero no misericordioso. Le había permitido dormir, sí, aunque de esa manera en que ciertos muebles antiguos conceden descanso como quien firma un permiso administrativo con desgana. Tenía el cuello torcido, un brazo dormido hasta el codo y la espalda marcada por una costura del tapizado que probablemente llevaba décadas esperando la ocasión de vengarse de alguien. Durante unos segundos no supo dónde estaba. Vio primero la luz. No la luz ámbar de Café Lumbre ni la penumbra inclinada de la habitación durante las tres y diecisiete, sino una claridad gris, baja, filtrada por cortinas de lino. Amanecer de Nébora. Ese amanecer que no llegaba como promesa, sino como trámite húmedo: la noche entregando sus documentos a un día que tampoco parecía muy convencido de ejercer. Después vio el hueco. Seguía allí, en la esquina de la habitación de atrás. La alfombra conservaba aquella marca rectangular más clara donde durante años había estado la silla de Tomás, o la idea de una silla, o la memoria terca de un objeto retirado. No había nada encima. Ninguna silueta, ningún resplandor, ningún mensaje nuevo escrito en el aire. Solo el espacio libre, respetado, incómodo. La silla retirada había entrado vacía. Y eso, por alguna razón, hacía que la habitación pareciera más real que la noche anterior. Lía dormía en el suelo, envuelta en una manta que Mara debía de haber dejado sobre ella en algún momento. Tenía una mano apoyada…
La puerta ya está entreabierta.
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