Capítulo XII — La Sala de las Sillas Retiradas
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La Sala de las Sillas Retiradas
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CAPÍTULO XII — La Sala de las Sillas Retiradas — VERSIÓN CORREGIDA SAMUEL KRON La marca IRI... no parecía recién grabada. Eso fue lo primero que inquietó a Lía. No brillaba. No humeaba. No desprendía ninguna de esas luces discretamente insoportables con que la Biblioteca de Arkémion solía anunciar que estaba a punto de alterar la vida de alguien bajo la excusa de ayudarle a verla mejor. La marca estaba allí, en el asiento de madera, hundida en la veta con una naturalidad indecente, como si el nombre incompleto hubiera formado parte del café desde el día en que Oren compró aquella silla y solo ahora la mirada hubiese aprendido a leerlo. Lía se quedó de pie ante ella. La taza entre sus manos se enfriaba. Samuel no dijo nada. Había aprendido, o estaba empezando a aprender, que no todos los silencios piden ser rellenados con una frase amable. Algunos silencios tienen un centro. Otros son una habitación con muebles cubiertos por sábanas. Uno entra mal si entra hablando. Nix, desde el respaldo de una silla vecina, miraba el asiento marcado con el pico ligeramente abierto. No tenía aire de pájaro insolente. Parecía más pequeño. O más antiguo. O ambas cosas, que en él venían a ser casi lo mismo. Oren limpiaba la barra con un paño húmedo, aunque la barra estaba limpia desde hacía un rato. Lo hacía para que sus manos no interrumpieran con ansiedad lo que su voz tenía la decencia de respetar. Café Lumbre seguía a medio cerrar. La mañana entraba por los cristales como una tregua gris. Nébora despertaba al otro lado con su discreta colección de motores, pasos, persianas, pan caliente y discusiones domésticas…
La puerta ya está entreabierta.
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