Samuel Kron y la Biblioteca de Arkémion

Lector Arkémico Ritual

Capítulo I — El libro que no recordaba haber comprado

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El libro que no recordaba haber comprado

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SAMUEL KRON Y LA BIBLIOTECA DE ARKÉMION Las Cámaras del Sistema Arkémico CAPÍTULO I El libro que no recordaba haber comprado Nébora · La mañana siguiente I Soñó con estanterías. No con personas, no con el anciano del puente, no con la pregunta que llevaba instalada en el pecho como una esquirla de cristal que nadie había retirado. Solo estanterías: largas, interminables, ascendiendo hacia una oscuridad que no era amenazante sino simplemente honesta sobre su propia extensión. Los libros no tenían títulos. O los tenían, pero cambiaban cada vez que Samuel intentaba leerlos: una palabra se transformaba en otra antes de que pudiera retenerla, como si el texto en los lomos fuera agua y su mirada lo agitara. Caminaba entre las estanterías sin saber hacia dónde. No tenía miedo. Eso le resultó extraño incluso dentro del sueño: era un hombre que en la vigilia convertía cualquier incertidumbre en ansiedad con una eficiencia que muchos programas informáticos habrían envidiado, y sin embargo allí, en aquel espacio imposible de alturas sin techo, caminaba con la placidez de quien hace tiempo dejó de fingir que sabe adónde va. Había lámparas suspendidas en el aire. No colgaban de cadenas ni de cables. Flotaban a diferentes alturas, como pequeños planetas domésticos, derramando una luz ámbar sobre mesas de piedra, atriles vacíos, escaleras de hierro y pasillos que parecían cambiar de longitud cuando él no los miraba directamente. Algunas escaleras ascendían en espiral hacia la oscuridad; otras cruzaban de una estantería a otra sin tocar el suelo; una, al fondo, bajaba hacia arriba con una naturalidad que no invitaba a discutir. Samuel supo, como se saben ciertas cosas en los sueños, que aquel lugar estaba bajo el río. No vio agua sobre su cabeza. No escuchó corriente ni percibió humedad. Pero algo en la calidad de la luz, en el modo en que los sonidos llegaban amortiguados, en la presión delicada del aire contra los oídos, le decía que caminaba en una profundidad que la ciudad había decidido no declarar en sus mapas. Pasó junto a una mesa donde reposaban objetos que le resultaron extrañamente familiares: una brújula sin aguja, una pluma negra dentro de un vaso de tinta seca, una campanilla de cristal, una regla marcada con símbolos que no medían distancia, y un cuaderno abierto por una página en blanco. Cuando Samuel se acercó, el cuaderno comenzó a escribir una frase. La tinta apareció despacio, letra a letra. No alcanzó a leerla. El pasillo cambió. Ahora estaba en otro corredor. Más estrecho. Más silencioso. Las estanterías se inclinaban ligeramente hacia él, no con amenaza, sino con esa curiosidad antigua de los muebles que han visto pasar demasiadas generaciones como para tomarse muy en serio a la última. De algunos libros sobresalían papeles, flores secas, llaves pequeñas, hilos rojos, fotografías de personas que desaparecían cuando Samuel intentaba fijarse en sus rostros. En un lomo de cuero oscuro leyó su propio nombre. SAMUEL KRON. Se detuvo. El libro estaba a la altura de sus ojos. No era grande. Tenía el aspecto sobrio de los volúmenes que no quieren convencer a nadie de su importancia. Samuel alargó la mano, pero el título cambió antes de que sus dedos tocaran el cuero. EL HOMBRE QUE APLAZABA SU VIDA CON ARGUMENTOS RAZONABLES. Retiró la mano. —Muy sutil —murmuró. Su voz no produjo eco. El lugar la recibió y la guardó. Siguió caminando. En algún punto del sueño encontró una puerta. No era grande. No era grandiosa. Era la clase de puerta que uno esperaría encontrar en una casa antigua de barrio, sin florituras, con la pintura ligeramente descascarada en la parte inferior donde décadas de zapatos habían dejado su opinión sobre el barniz original. En el centro había una cerradura pequeña, redonda, con un ojo diminuto grabado en el metal. Samuel se quedó mirándola. La puerta no le decía nada. No brillaba, no emitía músicas misteriosas, no mostraba inscripciones en idiomas olvidados. Simplemente esperaba, con la paciencia infinita y levemente exasperante de las cosas que llevan mucho tiempo abiertas a que alguien decida prestarles atención. Metió la mano en el bolsillo. La llave estaba allí. Fría. Pesada. Más real que el sueño que la contenía. En el instante exacto en que sus dedos la tocaron, oyó una campanilla bajo el agua. Y el sueño se disolvió. II La mañana llegó con una luz gris, desganada, casi burocrática. Nébora amanecía así a menudo: no como si el sol saliera, sino como si alguien hubiese aprobado un mínimo reglamentario de claridad. La ciudad al otro lado de la ventana era una acuarela sin acabar, todos los contornos difuminados por la lluvia que había seguido cayendo durante la noche y que ahora se había reducido a una llovizna fina, persistente, del tipo que no moja con urgencia sino con convicción. Samuel despertó vestido sobre la cama. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo de su apartamento con la esperanza absurda de que los acontecimientos de la noche anterior se deshicieran por falta de testigos. Era una estrategia que no había funcionado nunca en sus treinta y cuatro años de vida, pero el optimismo irracional tiene una resistencia extraordinaria. El techo no colaboró. Todas las luces seguían encendidas. La lámpara de la mesita, la del escritorio, la de la cocina, la luz del recibidor y hasta la del baño, que proyectaba una franja pálida en el pasillo como una puerta mal cerrada a una realidad más higiénica. Samuel las miró una por una con la vergüenza seca de quien ha descubierto, al despertar, la arquitectura exacta de su miedo nocturno. No recordaba haber decidido dormir con todo encendido. Recordaba, eso sí, haber declarado con bastante dignidad que aquella era una preferencia estética repentina. El cuerpo le ofreció un informe completo de la noche anterior. El cuello: mala posición. La espalda: ropa húmeda. Las costillas: barandilla de hierro. La cabeza: exceso de realidad imposible. Se incorporó despacio, con esa cautela que se tiene cuando el cuerpo ha dormido en una posición pensada para el arrepentimiento. Cada vértebra emitió su opinión. Las rodillas no dijeron nada, pero su silencio era elocuente. La llave estaba en la mesita de noche. No en el bolsillo. No perdida entre las sábanas. No disuelta en el sueño, como habría sido educado por su parte. Estaba exactamente donde él la había dejado antes de apagar —y volver a encender— la lámpara: junto al papel húmedo que seguía sin secarse del todo y que mostraba, con una serenidad impertinente, las palabras que habían convertido una noche rara en algo bastante peor. Primera Cámara: La Mentalidad Generativa. Samuel no tocó la…

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